El coral venenoso

Coral venenoso

La historia se desarrolla en el verano del año 2015, cuando nos encontrábamos en una preciosa isla de la Polinesia Francesa, Rangiroa, donde rocé un coral venenoso durante un buceo. Un atolón de los muchos que existen en estas idílicas islas del Pacífico Sur. Un precioso lugar, ideal para el buceo donde el coral venenoso… ¡regresa!

La temperatura del agua era idónea para poder bucear con un traje corto y fino y la verdad que en los centros de buceo de allá es realmente complicado encontrar neoprenos largos y como el viaje es muy largo y costoso, facturar maleta con los propios equipos subía todavía más el precio del viaje ya que las inmersiones por allá tampoco son nada baratas. De modo que contactamos con un dive center y comenzamos lo que fueron cinco días de buceo sin parar.

Aguas cristalinas, muy calmadas y llenas de pequeña vida en las zonas del lagoon. Llaman lagoon a la zona interna del atolón, donde también existen numerosos lugares llenos de color y preciosos corales aunque nos sorprendió mucho más la cantidad de coral blanqueado y muerto que se encuentra por todos los lados. Playas llenas de coral destruido y muchas más zonas de coral blanco (semimuerto) que lleno de color. No obstante sigue siendo un gran lugar para el buceo donde las rayas y tiburones pequeños se cuentan de cinco en cinco, en plena orilla.

Visibilidad continua de 30 metros en el azul, fuera del atolón y fuertes corrientes llenas de vida de mayor tamaño en los pasos de Tiputa y de Avatoru. Inmersiones con multitud de meros enormes, buceos a lado de doscientos tiburones, rayas enormes y delfines que se acercan bastante, a pesar de las burbujas. Un gran lugar sin ninguna duda.

Creo recordar que fue nuestro tercer día de buceo, durante una inmersión dentro del atolón donde, como ya he mencionado, la mayor parte del coral estaba muerto. Excepto el que rocé con mi espinilla izquierda. Estábamos un grupo de buceadores investigando una zona llena de peces payaso, mariposa, picasos y curiosos crustáceos que se encontraban entre los recovecos cuando un compañero de inmersión se posó sobre mí para capturar con su cámara a una pareja de peces mariposa. No sé a los demás, pero a mi no me gusta nada tener encima a otro buceador a un palmo de mi cabeza, de modo que dí un par de aletas de rana para separarme un poco y dejar que tomase su foto.

Estaba buceando correctamente, a una distancia prudente del fondo pero noté como si algo me hubiera picado. ¡Zas! fue cuestión de medio segundo y pensé que me habría cortado una roca o que una pequeña medusa la tomó conmigo. Bueno, no le di la mayor importancia, miré hacia detrás y no vi roca, coral, medusa ni nada por el estilo. Me pasé la mano por la zona donde sentí la molestia miré que no había ningún corte y seguí buceando normalmente.

A los diez minutos empecé a notar un picor extraño justo en la zona de la espinilla donde había notado el «picotazo». Me froté un poco, parece que se alivió y seguimos con la inmersión. Al terminar ese buceo, se lo comenté a la guía y tampoco le dio importancia. Todavía nos quedaba otra inmersión y después en el centro lo mirábamos.

Terminamos los buceos del día y el picor se convirtió en calor, una rojez más amplia rodeaba la zona herida que más o menos era de un centímetro de larga por poco más de medio de ancha. Por la noche ambas sensaciones, picor, escozor y calor pero desde luego, nada alarmante. Algo así como cuando te salta aceite de la sartén al brazo.

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A la mañana siguiente se lo comenté a los chicos del centro de buceo, me miran la herida y la verdad que la rojez que la rodeaba había desaparecido, el calor también y sólo tenía algo de picor que se convertía en escozor al estar en el agua. No le dieron demasiada importancia pero el patrón de la embarcación, que era un crack como marinero y era el único local del dive center me lo miró y me comentó que era un roce con un tipo de coral. Tras hablarlo con la instructora que nos guiaba en las inmersiones me hablaron de las toxinas que desprenden algunos tipos de coral, que no era nada del otro mundo y que me echase jugo de lima tres o cuatro veces al día y mantuviese seca la herida. Así hice…

Tras volver a España no había molestias de ningún tipo, desapareció totalmente la rojez y únicamente se me quedó la piel de esa pequeña zona como más fina y blanquecina; como una pequeña cicatriz. Como soy un pupas y llevo las piernas llenas de cicatrices ahí se quedó la cosa. Lo curioso de la historia viene ahora.

El año pasado, justo cuatro años después volvemos a las aguas del Pacífico, esta vez en Indonesia. ¡Sorpresa! Lo que pensé que era una pequeña cicatriz vuelve a salir y a tomar color. Muy extraño. Justo la zona de aquella herida producida por un coral en la Polinesia comienza a enrojecerse, me vuelve a picar y la piel de la zona comienza a contener minúsculos puntitos rojos (sangre capilar). Esto ocurrió al cuarto día de estar buceando y bañándome en las aguas de las islas Gili.

Misma historia. Voy al centro de buceo y en cuanto me ven la herida me dicen: ¡Ups! ¡rozaste un coral! a lo que les respondo, si… pero hace cuatro años en Polinesia, no ahora (jamás he vuelto a ponerme un shorty). Había un tipo que conocía bien los corales de las aguas del Pacífico y me dijo lo siguiente: hay algún tipo de coral que si «le gusta tu piel» se puede quedar ahí a vivir. Muy bien, pensé. Pero he estado cuatro años buceando por el Mediterráneo y el Atlántico, me he bañado en otras aguas y jamás apareció de nuevo esa herida.

Se ve que al volver a aguas del Pacífico con parecida salinidad, ph, temperatura y nutrientes… ese maldito coral, quería volver a aparecer. El caso es que tres días después de dejar de bañarme y de bucear, de nuevo desapareció. Ha pasado un año de esto último y la herida sigue pareciendo eso, una simple y pequeña cicatriz.

Veremos qué ocurre la próxima vez que bucee en aguas del Pacífico, pero sí: quizás un pequeño coral está viviendo en «stand by» en ese cachito de piel. La próxima vez si me ocurre, me lo haré mirar por aquellas tierras porque aquí el médico no tiene ni idea, como es lógico. O… ¡yo que se! quizás acabo como Billy el Botas en la Perla Negra. 😉

Si quieres saber más sobre las heridas del buceo

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